MISCELÁNEA

Gracias, Musas, por estar conmigo en los momentos donde dejo en el infinito y en la nada estos maravillosos pensamientos con que vivo.


Reikiavik y El cartógrafo son dos obras de teatro a las que he tenido la suerte de asistir en diciembre y en enero, respectivamente. Con lo que he terminado un año y empezado el siguiente de la mano de Juan Mayorga, autor al que no conocía hasta ahora. Esto no es de extrañar, pues no suelo estar al tanto de las novedades en este u otro género literario desde, digamos, finales de los 90 o comienzos del 2000, es decir, hasta donde llegan los manuales de literatura en los planes de estudios, lo cual, por este y otros olvidos, es una verdadera injusticia. Así, uno explica, por ejemplo, que el teatro suele estar dividido en tres actos cuando, en la actualidad, es difícil ver una obra que baje y suba el telón tres veces; o que la poesía de la experiencia es lo más vanguardista de nuestras letras, pese a que ya tiene subgrupos tanto afines como detractores. Aunque también es cierto que no todo lo nuevo es mejor por el hecho de serlo, algo válido para este como para cualquier otro asunto. En el tema literario lo he comprobado al leer algunas novelas más recientes a las que sí me he animado a seguir hasta nuestros días. De ahí mi preferencia por volver a lo ya conocido, aunque sea mediante la relectura, que es cuando se descubre muchas veces un libro de verdad.
Ambas son obras inteligentes, hechas para reflexionar y entretener, sobre temas variados y perfectamente entrelazados con la actualidad, pese a la aparente lejanía física o temporal de sus ejes dramáticos: la famosa partida de ajedrez entre Boris Spassky y Bobby Fischer en el caso de Reikiavik, y la historia del gueto judío en Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial en El cartógrafo. Si a ello unimos unas interpretaciones y puesta en escena magníficas, el espectáculo es del todo recomendable.


En poesía, tuve la suerte de escuchar el título del último ganador del premio que concede anualmente El ojo crítico, programa cultural de reconocido prestigio de Radio Nacional: era Los allanadores, y su autor se llama Carlos Pardo. Me pareció muy sugerente, extraño, me gustó y me hizo pensar, y quise conocer de qué iría el poemario. Solo diré que lo voy leyendo despacio, como hace tiempo que no lo hacía con la poesía. Tiene ritmo, sorpresas, audacias, vulgaridades y logros exquisitos. Y por supuesto, ese misterio de los buenos poemas que nos los hacen cercanos y a la vez inasibles. Es una voz que, con firmeza, muestra su propia personalidad.


Por las noches voy avanzando junto a los jinetes protagonistas de Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, el autor de La Carretera o No es país para viejos y que, por culpa de Bob Dylan, ya no logrará el Premio Nobel que algunos grandes narradores americanos de la segunda mitad del siglo XX merecen sin duda. Con su estilo de diálogos secos y naturales, paisajes interminables de Texas y México y el misterio de algo trágico que uno sabe que va a ocurrir pero que aún no es el momento de que suceda, consigue un letargo acogedor para este duro invierno, y que las últimos momentos antes de dormir sean, sin duda, los mejores de cada jornada. Es lo que tiene el que se pueda disfrutar de un buen libro.


Dejo para el final un texto que, si bien no es ese su propósito, o puede que sí lo sea en el fondo, me está haciendo reír. Se llama La conjura de los ignorantes, y lo ha escrito Ricardo Moreno Castillo. Este profesor es conocido por sus críticas feroces a las nueva pedagogía que domina la educación en nuestro país y en algunos otros desde finales del siglo pasado. Se trata de una recopilación de pasajes escritos por pedagogos más o menos ilustres, pero de una influencia nada despreciable en nuestro sistema educativo. Tanto los fragmentos escogidos como los comentarios a los mismos hechos por él hacen reír y reflexionar. Queda a criterio del lector elegir cuál es el que hace reír y cuál pensar, si el del pedagogo o el del crítico.

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