LA HOJA ROJA

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Leer un nuevo libro de Delibes, aunque lleve casi 60 años escrito, como La hoja roja, supone un acto de rebeldía que se agradece conforme nos vamos haciendo viejos. Delibes es un escritor, sobre todo, de lo cotidiano, pero de un mundo que apenas interesa, bien porque ya no existe, bien porque no resulta atractivo hablar de él. Ya sea el pueblo y sus personajes rurales en El camino y Los santos inocentes, o la ciudad y sus miserias urbanas como en Cinco horas con Mario, sus historias nos llevan a un pasado que, como mucho, quisiéramos recordar de una manera nostálgica, pero del cual renegamos enseguida para no reconocernos en él.
No voy a descubrir las cualidades narrativas de Delibes si digo que, además, escribe muy bien. Pero no conviene olvidarlo ahora que, a ciertas épocas y escritores, parece que solo hay que mencionarlos en los manuales de literatura. Ya ocurrió con Galdós, luego pasó con Unamuno, Baroja, y ahora con Cela y Delibes, entre muchos otros. La modernidad se inventa a diario, y hay tantos escritores que vender que apenas queda tiempo para los “antiguos”. Y más cuando se ocupan de temas y circunstancias como los de La hoja roja.
La novela, que es corta, cuenta la vida de un anciano al que le ha salido, según él mismo dice insistentemente, la hoja roja de su vida. Se trata de una metáfora, cuya realidad -hoy desconocida por muchos- es la de los libros de papel de liar cigarrillos, muchos de los cuales solían llevar un hoja roja al final avisando de que quedaban pocos papelillos más. Desde que se jubiló, apenas tiene nada más que hacer que pasear con su amigo Isaías, recordar a su mujer e hijo pequeño fallecidos y aguardar con impaciencia alguna noticia de su hijo mayor, que ha triunfado como notario en la capital. El otro personaje al que sigue el narrador es la Desi, su criada, una muchacha analfabeta que ha venido del pueblo, y cuya ilusión mayor es casarse con el Picaza, un bruto que ha llegado también de su pueblo para hacer allí el servicio militar.
En torno a estos escasos mimbres construye Delibes una historia tierna, con la complicidad y el afecto que estos dos seres inocentes y un tanto desvalidos adquieren mutuamente. Los pocos sobresaltos que se producen conllevan cambios bruscos en la relación entre ellos: la muerte del amigo que le quedaba al viejo Eloy, el viaje y el regreso abochornado de su breve estancia con su hijo y su nuera o el crimen que “la mala veta” del Picaza le hace cometer, consiguen que la convivencia de la criada y el viejo se afiance, lo que permite vislumbrar una grieta de esperanza al final del libro para estos personajes que tan poco importan para casi nadie.
De eso trata leer este libro: de resistir al mundo acelerado y hueco que nos hace confundir lo importante de lo que no lo es. Solo que parece que tenemos que acercarnos a esa hoja roja para descubrirlo. Mientras, tenemos las luces de escaparates, o el brillo de grandes historias insustanciales pero fantásticas, de muchas páginas o muchas horas de cine, que bastan para distraernos de lo que quizá sea lo que verdaderamente importa: el paso del tiempo, las conversaciones amigas, los hijos o los padres lejanos. Porque Delibes escribe sobre esto, de manera lúcida, sencilla y reposada, por eso no está de moda. Por eso conviene leerlo.

LA HOJA ROJA