LOS PROFESORES QUE NO AMABAN LA LOMCE

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Aunque, según las nuevas leyes educativas de la Junta de Andalucía, habría que titular este texto “Los profesores y las profesoras que no amaban la LOMCE”, no quiero escribirlo en ese lenguaje no sexista y políticamente correctísimo, que comenzó a emplear Ibarretxe y hasta hoy. Sobre todo, porque prefiero que se entienda lo mejor posible, sin distracciones ni ruidos añadidos por la ideología cuando esta pretende abarcarlo todo, incluso la gramática. Sirva de ejemplo este párrafo extraído al azar de la última Ley Educativa de la Junta del 29 de julio, donde, además de la fecha utilizada para que casi nadie la lea (solo eran los currículos oficiales de Secundaria y de Bachillerato adaptados a la LOMCE), se escriben párrafos como este, sin duda para facilitar su lectura o hacerla más agradable, dado lo engorroso que suelen ser los documentos legales: “Cuando el objeto de la solicitud de revisión sea la decisión de promoción, el jefe o jefa de estudios la trasladará al profesor tutor o profesora tutora del alumno o alumna, como responsable de la coordinación de la sesión de evaluación en la que se adoptó la decisión.” O un poco después: “El jefe o la jefa del departamento de coordinación didáctica correspondiente trasladará el informe elaborado al jefe o jefa de estudios, quien informará al profesor tutor o profesora tutora…”. Y así unas 300 páginas de BOJA…para aplicarlas de manera obligatoria a partir del 1 de septiembre.
La guinda la ha puesto la ley que desarrolla las Reválidas, también aprobada, qué casualidad, el 29 de julio. Es como si tanto el PP y el PSOE, en sus respectivos gobiernos, hubieran esperado hasta el último suspiro por si podían acordar algo, incluso una suspensión temporal de una norma que, en el fondo, disgusta a casi todos dado el revuelo causado. Pero los plazos pasaban, y así no ha quedado más remedio que terminar lo empezado.
En fin, son cosas sin importancia, dado que de otras mayores hemos salido. Estamos acostumbrados. Y me refiero a todos, los alumnos, las familias, los profesores, que empezamos cada curso como si fuese el primero y el último de nuestras vidas: no sabemos ni de dónde partimos ni a dónde llegaremos. Este año, además, con la novedad de una Ley Educativa implementada que, según estudios recientes, no gustan nada a los profesores.
Pero, ¿por qué tanto desapego? Salvo al exministro José Ignacio Wert (“¡París bien vale una LOMCE!”, debe estar pensando) y a los obispos, no conozco a nadie realmente interesado en ella. Porque se insiste mucho en el rechazo del profesorado a la misma, pero igual podría decirse del otro gran colectivo al que les afecta: los alumnos. Uno de los motivos que se apunta es que no intervinieron en su elaboración o debate. Sin embargo, si bien eso es cierto, además de no ser lógicamente el único, dudo que sea el más importante. Como profesor, quiero apuntar otro, que creo que define mejor nuestro deseo.
Pienso que esperábamos una Ley que, sencillamente, mejorase nuestra situación. Y no sólo laboral, que también, sino vital o existencial. Me explico. Mucho se habla de la vocación del docente y, sin ser tanta como la de un monje, es cierto que bastante de ella existe en la mayoría de nosotros. Por eso confiábamos en algo que nos devolviera aumentada la ilusión en nuestro trabajo. Algo así como la revolucionaria LOGSE, que lo transformó todo. Pero, en vez de esto, viene otra Ley que se parece hasta en el nombre, con unos pocos cambios insustanciales de lo más vanguardistas: las Reválidas para obtener los títulos de las enseñanzas obligatoria y posobligatoria; la Religión Católica como asignatura de currículum; y una Educación Secundaria de tres más un curso, cuando antes era de dos más dos. Tras muchos años de sesudos estudios parece que esto es lo que necesitaba nuestro sistema educativo para solucionar sus problemas. A lo que hay que añadir que, como ningún partido la apoyó salvo el Popular, sufrirá diferentes vaivenes según los gobiernos que toquen. El panorama que se nos presenta no es, pues, muy alentador.
Quien no dé clases no se imagina lo que ocurre en muchas aulas. Voy a referir algunas cosas que pasarán en bastantes de ellas nada más comenzar el curso próximo.
Sin tiempo de leer los nuevos currículos, comenzaremos aplicando las antiguas programaciones hasta, digamos, finales de año; algunos alumnos y sus padres querrán cambiarse de aula o centro, con los que los grupos no serán los mismos ahora que más tarde; faltarán profesores, y mientras llegan los nuevos interinos no se dará clases; los alumnos, más preocupados en cazar el Pokemon de la mesa del profesor, se cansarán una vez vistos los cambios iniciales a las dos semanas, más o menos; y quien dé cuarto de ESO y segundo de Bachillerato rezará para que, finalmente, las reválidas se paralicen por algún milagro, no vaya a ser que al final lo responsabilicen a él por el suspenso del chico.
No veo por ningún lado que las dudas primordiales que nos asaltarán (¿hago bien mi trabajo, mis alumnos aprenden conmigo, he aprobado a quien lo merece, me quieren menos o más que al de música?) vayan a tener respuestas tampoco este curso.
Y así vamos, con nuestra mediocre educación a cuestas, en este mediocre país con nuestros mediocres políticos. Hemos de aceptarlo con resignación tal y como es, porque no parece lógico tener una de las más grandes tasas de fracaso escolar y de generación nini de la UE, a la vez que exportamos camareros con licenciaturas. Como tampoco lo es que pretendamos ser como Finlandia o Corea o nos comparemos con ellos, dadas nuestras diferentes sociedades. Países donde, por otra parte -dirán algunos-, se suicidan mucho más que aquí, con que no lo estaremos haciendo tan mal.
En conclusión, nadie confía en que la LOMCE, una ley ruidosa pero con pocas nueces en realidad, arregle el desaguisado educativo que tenemos, quizá porque nunca tuvo esa pretensión. La cuestión era, como decía Lampedusa, aparentar cambiarlo todo para que todo siguiese igual. Cuando hubiese debido ser distinta: lo más parecido posible a lo que hizo Alejandro Magno frente a aquel nudo descomunal que se encontró en la ciudad de Gordio, y que la profecía le invitaba a desatar si quería ser rey. Como ya sabemos, usó la espada para destrozarlo. Necesitó después pocos años para conquistar casi toda Asia.
Por eso es por lo que, en el fondo, los profesores no podremos nunca amar la LOMCE. Porque esperábamos a Alejandro Magno, y quien vino fue Wert.

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