EL OLVIDO QUE SEREMOS

olvido                   héctor

Como Antonio Machado (“Estos días azules y este sol de la infancia”), Héctor Abad Gómez llevaba unos versos manuscritos en su bolsillo el día que murió. Las diferencias, no obstante, son varias: no fue un solo verso, sino un soneto completo; tampoco era suyo, sino que lo copió de Borges, a quien se le atribuye de manera más o menos apócrifa; además, quien lo portaba no murió en el exilio, aunque sí fue asesinado por sus ideas políticas y su activismo social. Su hijo, Héctor Abad Faciolince recogió parte del primer endecasílabo para titular el libro que le dedicó en 2006: “Ya somos el olvido que seremos”.
El olvido que seremos ha sido una de las novelas sin ficción más leída en Iberoamérica en lo que va de siglo. Cuenta la vida de uno de los protagonistas de la historia reciente de Colombia, especialmente en las décadas de los 70 y los 80, cuando más cruento fue el enfrentamiento entre las guerrillas izquierdistas y el ejército y paramilitares bajo el paraguas de diferentes gobiernos ultraliberales y conservadores, cuando no directamente reaccionarios. Es una época convulsa, en el país y en el continente, y en aquel mundo de bloques defender la libertad y los derechos humanos podía significar, además del reconocimiento de los justos, estar en la diana de sicarios al servicio de intereses ocultos, y por ello letales. Ese fue el caso del doctor Hector Abad, padre del narrador a quien, según él mismo confiesa, le costó veinte años poder escribir sobre su persona sin aflorar un sentimentalismo y una truculencia que hicieran el libro demasiado personal, y así menos literario.
El resultado es una biografía atípica, en cuanto no recoge las etapas de la vida del protagonista en un orden cronológico, ni nos cuenta los hechos y actividades por los que destacó y, que a la vez, causaron su crimen. Por contra, es su hijo quien recuerda de él momentos importantes en la relación entre ambos y con el resto de su familia, y de paso, va dejando esbozos de su ingente labor en defensa de las causas que él creía más dignas. Esto humaniza la figura del personaje, del que sacamos como conclusión que era un hombre esencialmente bueno. Precisamente, ese fue el error que lo condujo a la muerte, ya que nadie de su entorno podía creer que alguien así pudiese ser ejecutado por unos pistoleros a los que jamás se les pudo poner rostro.
Junto a capítulos conmovedores -como la muerte por cáncer de Marta Cecilia, la joven violinista elegida para la portada del libro, hermana e hija del autor y del protagonista-, encontramos recuerdos entrañables del narrador, que se quejaba de los “besos tremendos y sonoros” que su padre, por exceso de amor, le daba a todas horas. Más que vergüenza ante sus amigos, se sentía feliz cuando estos le confesaban su íntima envidia por tener un padre así. Pero, conforme cuenta los momentos de su muerte, la desolación que esta le produjo impregna el relato, y deja traslucir la rabia e indignación con la que convive desde entonces. Aunque, sobre todo, la intención del novelista es rescatarlo del olvido, gracias al poder evocador de las palabras. Por eso gusta su forma de contarlo, con un estilo que parece querer apropiarse de las palabras de su padre, cuando escribió, en una carta, que lo que más admiraba con el tiempo era la belleza.

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