ODISEO. EL JURAMENTO

Desde la Ilíada y la Odisea de Homero, el mito de Troya y sus héroes han suscitado una fascinación continua a lo largo de la historia y de las diferentes literaturas que lo han recreado. El libro que comento nos habla de Odiseo -Ulises para los latinos- en la versión de Valerio Massimo Manfredi. Hasta la fecha, lo ha hecho en dos volúmenes: el Juramento y el Retorno. Yo voy a referirme al primero de ellos.
Me parece un libro ideal como literatura juvenil, sin que ello suponga que cualquiera no disfrutaría de su lectura. Pero pienso que para los jóvenes será una aproximación atractiva a todo el universo de aquel mundo mitológico, sobre todo porque el estilo es sencillo y directo, con bastantes aventuras y misterio, pero que deja a un lado el carácter divino y sobrenatural haciéndolo todo mucho más cercano y creíble.
En él se nos cuenta la vida de Odiseo desde su infancia hasta el final de la guerra de Troya -Ilión-, cuando la ciudad pudo ser destruida tras la estratagema del famoso caballo de madera que él mismo ideó. Es decir, Manfredi aúna en su obra mucho de su propia invención con bastantes capítulos de las dos obras homéricas mencionas. Y además, inserta otros personajes y mitos conocidos por todos, como el gran Heracles, el minotauro -hombre toro, lo llama él- o los argonautas, que pululan por la obra con la naturalidad de parecer seres reales, cuya existencia histórica nos hace poner a prueba nuestra imaginación.
Porque, a su lado, vemos luchar y morir a los grandes protagonistas de la tragedia: el gran Héctor, domador de caballos; Aquiles, casi un semidiós, invencible en la batalla; el gigante y noble Ayax, herido en su honor por el propio Odiseo, protagonista central y símbolo de inteligencia humana; o las bellas Penélope y sobre todo Helena, causa esta última de tanto sufrimiento. Todos ellos y muchos más personajes que se pierden entre la leyenda y la historia, entre el mito y la realidad a lo largo de los siglos de nuestra cultura.
Las escenas más fantásticas son narradas de manera verosímil. Así, cuando la diosa que protege al protagonista, Atenea, es convocada por él, siempre la vemos como un sueño, o con la forma de otro personaje real, como Mentor. Y cuando se describen las hazañas y la muerte de Heracles, deja abierta su veracidad, aunque no su misterio, que permanece vigente.
Y de esta manera han de quedar y continuar las vidas, y las muertes, de aquellos guerreros en un tiempo donde los dioses y los humanos combatían juntos entre sí, con la crueldad y la nobleza que requiere un mundo que quizá jamás existió, pero que la magia de la poesía nos hará creer siempre que sí lo hizo: “Canta, oh musa, la cólera del pélida Aquiles…Háblame, Musa, de aquel varón de multiforme ingenio…”.

Anuncios
ODISEO. EL JURAMENTO

CUANDO ÉRAMOS NIÑOS

benedetti

Cuando éramos niños
los viejos tenían como treinta
un charco era un océano
la muerte lisa y llana
no existía.

luego cuando muchachos
los viejos eran gente de cuarenta
un estanque era un océano
la muerte solamente
una palabra

ya cuando nos casamos
los ancianos estaban en los cincuenta
un lago era un océano
la muerte era la muerte
de los otros.

ahora veteranos
ya le dimos alcance a la verdad
el océano es por fin el océano
pero la muerte empieza a ser
la nuestra.

Mario Benedetti

CUANDO ÉRAMOS NIÑOS

LA ALPUJARRA

Pedro Antonio de Alarcón fue un escritor granadino de mediados del siglo XIX, cultivador de un realismo tradicional, con un estilo preciosista, y de ideología conservadora y profundamente católica. Estos breves apuntes sobre su escritura y su talante son necesarios, pienso, para acercarse a esta obra suya, pues nos ayudarán a apreciarla mejor, valorando sus aciertos y soslayando los defectos que pudiese tener.
La Alpujarra, que lleva por clarificador subtítulo “sesenta leguas a caballo precedidas de seis en diligencia”, es un libro de viajes publicado en 1873. De la mano del autor, narrador y viajero, recorremos esta tierra en los días de la Semana Santa andaluza, lo que lastrará la lectura en la parte final del libro al incluir en ella el relato de la Pasión de Jesús. Sin embargo, antes hemos disfrutado de innumerables placeres, entre los que destaco los siguientes.
En primer lugar, un paseo privilegiado por unos pueblos y una geografía únicos e irrepetibles, por la época y circunstancias en que fueron descritos: hace siglo y medio, La Alpujarra -así, en singular, como bien defiende Alarcón en su obra-, era una zona aislada de difícil acceso y plenamente autosuficiente, de modo que ir de un pueblo a otro constituía una auténtica aventura y descubrimiento. Paisajes bellos o terribles, desde el mar a la montaña, son retratados minuciosamente, de modo que su vegetación, sin duda más feraz que la actual, sus pueblos y sus gentes aparecen ante nosotros con una naturalidad y bondad que nos recuerdan a las del mito del buen salvaje.
Cada estampa o capítulo del libro alterna la geografía con la historia, pues el escritor defiende la dependencia entre ambas. Y la parte histórica que estudia es la que ayudó a configurar aquella región: los últimos años musulmanes de la península, principalmente el levantamiento morisco de finales del siglo XVI. Ante nosotros pasan las vidas guerreras de Mulay Hazem, que dio nombre a la montaña central del viaje; Boabdil, último rey musulmán, muerto en un combate por un reino que no era el suyo; o Aben Humeya, el Rey Chico, artífice de la revuelta de los moriscos y protagonista central del drama del mismo nombre de otro granadino ilustre, el romántico Francisco Martínez de la Rosa, del que Alarcón transcribe algunas de sus escenas.
El lenguaje y el estilo de la obra, culto y refinado, está lleno de superlativos terminados en “ísimo” porque el autor se ve sorprendido frente a este mundo. También nosotros, de manera agradabilísima, recorremos las páginas del relato, pues nos imaginamos cómo sería entonces La Alpujarra, a lomos de un caballo, mientras las huestes moriscas y cristianas luchaban por un reino hoy perdido, pero con nombres aún llenos de misterio: Yegen, Busquístar, Murtas, Albuñol, Ugíjar son solo algunos de ellos.

LA ALPUJARRA

ÍTACA

kavafis

Cuando emprendas tu viaje a Itaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Itaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Itaca te enriquezca.

Itaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Itaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Itacas.

Konstantin Kavafis

ÍTACA