CASIDA DE LA ALTA MADRUGADA

félix-grande

Cuando te acuerdes de mi cuerpo
y no puedas dormir
y te levantes medio desnuda
y camines a tientas por tus habitaciones
borracha de estupor y de rabia

en algún lugar de la Tierra
yo andaré insomne por algún pasillo
careciendo de ti toda la noche
oyéndote ulular muy lejos y escribiendo
estos versos degenerados.

Félix Grande

Anuncios
CASIDA DE LA ALTA MADRUGADA

¿RECUERDAS CUANDO LEÍAMOS DE CORRIDO?

móvil

El artículo que aparecía en el suplemento Ideas de El País el pasado domingo (14-5-2015), firmado por Ana Carbajosa (y al que se puede acceder mediante el link de la imagen), me ha parecido muy interesante desde diversos puntos de vista. Además de estar muy bien escrito -aunque bien podría definirse mejor como reportaje que como artículo-, puede servir para debatir distintos temas.
Así lo he intentado en mi clase de Primero de Bachillerato, pues me he acordado de él nada más entrar mis alumnos en clase, casi todos mirando embobados su pantalla de móvil. Y digo “intentado” porque me ha costado muchísimo que centraran su atención en mis palabras, que “soportaran” los cinco o diez minutos que he necesitado para hablarles del tema sin interrumpirme y que expresaran alguna reflexión más o menos interesante por su parte sobre lo que estábamos tratando.
Debo decir que el resultado confirma lo que la periodista expone: me reconocieron su incapacidad de leer un texto extenso sin interrupción, lo que les impedía comprenderlo con claridad y analizarlo y discutirlo con alguna profundidad. Por eso las ideas que extraían eran superficiales.
Por tanto, estamos viviendo en una sociedad que ya tiene unos cimientos distintos. No sabemos si será mejor o peor, aunque personalmente creo que sin ideas complejas no existe la posibilidad de un mejor porvenir. Y la concentración que estamos perdiendo es absolutamente necesaria para este progreso. Salvo que nos quieran más tontos, aunque eso ya es otra historia.
Por último, también llama la atención que todas las opiniones científicas que aparecen vengan avaladas por ensayos y estudios, salvo la española: a algún pedagogo se le ha ocurrido que no es malo esto que está pasando sin aportar ningún dato objetivo y contrastado. Según él, solo habría que educar en el uso de las nuevas tecnológicas. Como si algo intuitivo se pudiera explicar cuando hasta los niños saben cómo funciona un chupete: a pesar de que le aclares que es mejor usarlo pocas veces, de sus beneficios e inconveniencias para la boca o la salud, o de que no siempre va a poder utilizarlo cuando sea mayor, que alguien intente quitárselo sin que llore. Por las noches, seguro que se lo vuelves a poner y que haga con él lo que quiera.

¿RECUERDAS CUANDO LEÍAMOS DE CORRIDO?

14

echenoz                     14

Con este título, igual de breve que la novela a la que se refiere, Jean Echenoz rindió su particular homenaje al centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, celebrado el año pasado. Pero, en sus poco más de 100 páginas, es capaz de abarcar todo el conflicto.
La obra comienza con el paseo en bicicleta del protagonista, el joven Anthime, un soleado día de agosto, interrumpido de golpe por un golpe de viento y un repique de campanas, que le avisaban que la guerra europea comenzaba y él era llamado a filas. Al igual que sus amigos, la inconsciencia de los primeros días y la confianza de que aquello duraría poco se verán pronto contrariadas por la realidad de la guerra y de las batallas. De igual forma, la cotidianidad de la sociedad civil cambiará también de golpe.
El narrador es extremadamente objetivo. No hay sentimentalismo en la psicología de los personajes, ni grandeza narrativa en los enfrentamientos. Por el contrario, los detalles de unos y otros, sus tragedias en definitiva, son contadas como un observador haría ante una colonia de hormigas. El horror, aunque flota continuamente en la historia, no nos conmueve, sino que nos hace reflexionar.
Así que los cuatro años del conflicto se resuelven a golpes del paso de las estaciones, de enfermedades y muertes en las trincheras, de desafortunados vaivenes del destino y de descripciones de, por ejemplo, los distintos tipos de animales que se ven afectados por él.
Con el mérito indudable de tratar multitud de asuntos tremendos con una levedad consciente, nos damos cuenta tras leer la novela que hemos asistido a un fresco completo de la Primera Gran Guerra. Así que podemos pensar después en qué sentido tuvo tanta muerte y destrucción, por qué se fusilaba con tanta ligereza, cómo se usaba sin rubor el gas en los combates o cómo era posible la vida de los soldados en condiciones tan inhumanas. También, en el saldo inmenso en beneficios que obtuvieron las clases adineradas de siempre.
Por último, el nacimiento con que termina el libro, y que va a coincidir con el final de los combates, nos haría creer en un atisbo de esperanza por parte de su autor. Solo que, sabiendo que ese niño sería sin duda uno de los futuros soldados de la siguiente y demoledora Guerra que asolaría Europa, nos hace aún más duro imaginar la ironía de su suerte.

14

LA EXTRAÑA

lucia

Me levanté sin que se dieran cuenta
y salí sin hacerme notar.
Había estado todo el día
entre ellos, intentando
hacerme oír,
procurando decirles
lo que me habían encargado.
Pero el recado que me dieron
no era preciso. El humo,
la música, el ruido de las risas
y de los besos –estallaban
como las rosas en el aire-,
eran más fuertes que mi voz. Cansada
de mi trabajo inútil,
me levanté
abrí la puerta
y salí del hermoso lugar.
Desde la calle
miré por la ventana: nadie había
advertido mi ausencia.
Caminé. Volví el rostro:
ninguno me seguía.

Lucía Uceda

LA EXTRAÑA

SOLARIS

solaris                    lev

Este clásico de la ciencia ficción fue escrito por el escritor polaco Stanislaw Lem en 1961. Hay que decir en primer lugar que es un libro complejo por varios motivos: un lenguaje pseudocientífico dentro de un estilo profuso en descripciones o un argumento aparentemente inacabado son, tal vez, solo algunos de ellos. Sin embargo, como suele ocurrir con todas las obras que los lectores podamos considerar “difíciles”, una vez embarcados en ellas obtenemos múltiples alicientes que nos impiden dejarlas. Y ya permanecerán, una vez más, como parte de nuestras vidas.
Kelvin, el protagonista y narrador, ha llegado al planeta Solaris para intentar ayudar a desentrañar el misterio que envuelve a la Estación establecida en el mismo. Sus tripulantes aparentan estar locos, y el propio planeta no es ajeno: de hecho, las múltiples teorías que sobre él se han hecho no han podido desentrañar el significado de la única masa acuosa que lo cubre. Uno de los fenómenos que primero detecta es que este ser consigue replicar los deseos más ocultos de los humanos que interfieren sobre él. Y en el caso de Kelvin no es otro que su mujer Harey, que se había suicidado unos años antes y que reaparece ante él de un modo real, inmortal e imposible.
Entre el universo claustrofóbico de la Estación y el infinito mar y el cielo con dos soles que lo cubre, se establece gran parte de la dialéctica del libro, capaz de llevarnos a querer contrastar la ciencia con el psicoanálisis, la razón y la metafísica, de un modo, cuanto menos, asombroso, pues nos deja incapaces de resolver los enigmas que plantea.
Solaris puede representar la necesidad del ser humano de querer saber hasta el límite del conocimiento; su imposibilidad de comunicarse con quienes no se adaptan a sus mecanismos; su propia insignificancia en la inmensidad del cosmos, frente a un dios caprichoso que nos ignora por completo. Pero en la estación también habitan el miedo, la soledad y el sufrimiento extremos, a veces causados por quienes más hemos amado y, sobre todo, por nosotros mismos, o por nuestros sueños.
El libro insiste en intentar explicar algo para lo que apenas existen términos: de ahí que haya diálogos incompletos, palabras inventadas o alucinantes descripciones que son siempre distintas aunque a veces hablen de lo mismo, como los múltiples amaneceres y atardeceres a los que asistimos asombrados. Cuando salimos del extraño planeta donde hemos estado viviendo mientras lo leemos, nos encontramos como Kelvin, navegando en su inmensa superficie, a la merced de lo desconocido y lo incomprensible, pero tranquilos por propia resignación. Aunque también, como él mismo piensa, “con el firme convencimiento de que la época de los milagros crueles estaba lejos de haber terminado”.

SOLARIS