MAD MEN

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Una de las muchas virtudes de Mad Men es su música, sobre todo la que cierra cada capítulo. Al terminar la primera temporada, suena Don’t think twice, It’s all right, de Bob Dylan. Ha sido entonces cuando he necesitado escribir sobre la serie y volver a escuchar esa canción. El mecanismo de la memoria y el de la curiosidad se han puesto a trabajar, y aquí está el resultado.
El título de la serie surge de la calle en la que está ubicada la agencia de publicidad sobre la que gira toda la historia, y que es una de las más sofisticadas de Nueva York: la Avenida Madison. Pero, además, el nombre juega con su significado en inglés: Mad Men significa “Hombres locos”, que era como se conocía en los años sesenta -época fundamental en que se desarrolla- a los ejecutivos agresivos de la zona.
La década está perfectamente ambientada. No solo me refiero a la estética en el decorado y la ropa, sino también a cada conversación y gesto, a toda la idiosincrasia de quienes deambulan por sus capítulos. Además de fumar y beber sin moderación en cualquier circunstancia y lugar, estando embarazada o en un ascensor, o de conducir sin cinturones de seguridad, o de pegar a un niño una bofetada sin que sea necesariamente tu hijo, la manera de ver el mundo es tan distinta a la actual que cuesta pensar que estemos en los Estados Unidos tan solo unos pocos años atrás. Los cambios han sido vertiginosos, casi siempre a mejor, y hoy nos sorprende que algunas de esas actitudes fueren consideradas normales entonces, incluso propias de un cierto nivel social.
Y, sin embargo, así era el mundo que admirábamos hasta hace bien poco: terriblemente machista, libertino, un poco salvaje y, esto sí como siempre, muy egoísta y ambicioso. Así eran, así son al menos, los personajes que tejen su particular tela de araña alrededor del inefable Don Draper, protagonista central de la serie.
Todos ellos tienen su propia historia, y en los cambios que vamos viendo en cada uno de ellos descubrimos otra de las virtudes de la saga: el interés por la psicología humana, su atracción por cada una de sus turbulencias. No es de extrañar que sus conflictos resulten en ocasiones patológicos, y por eso terminan algunos en una muerte tortuosa, hasta en forma de suicidio. Incluso los títulos de crédito iniciales invitan a pensar en un final idéntico para Draper.
Pero no nos adelantemos. Dejémosle aún enfundado en su impecable traje, con el cigarro en una mano y la copa en la otra, traspasando con su mirada y sus palabras a quien tenga enfrente. Aunque sin olvidar que, sobre todo si se trata de una mujer, también puede ser él quien resulte vencido.

MAD MEN

CON LA FRENTE MARCHITA

SABINA

Sentados en corro, merendábamos besos y porros,
Y las horas pasaban deprisa entre el humo y la risa.
Te morías por volver con la frente marchita cantaba Gardel
Y entre citas de Borges, Evita bailaba con Freud.
Ya llovió desde aquel chaparrón hasta hoy.
Iba cada domingo a tu puesto del rastro a comprarte
Carricoches de miga de pan, soldaditos de lata.
Con agüita del mar andaluz quise yo enamorarte,
Pero tú no querías más amor que el del Río de la Plata.
Duró la tormenta hasta entrados los años ochenta.
Luego, el sol fue secando la ropa de la vieja Europa.
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca, jamás, sucedió.
Mándame una postal de San Telmo, adiós, ¡cuídate!-
Y sonó entre tú y yo el silbato del tren…
Iba cada domingo a tu puesto del rastro a comprarte
Monigotes de miga de pan, caballitos de lata
Con agüita del mar andaluz quise yo enamorarte,
Pero tú no querías otro amor que el del Río de la Plata.
Aquellas banderas de la patria de la primavera,
A decirme que existe el olvido, esta noche han venido.
Te sentaba tan bien, esa boina calada al estilo del Ché.
Buenos Aires es como contabas, hoy fui a pasear,
Y al llegar a la Plaza de Mayo me dio por llorar
Y me puse a gritar: ¿dónde estás?
Y no volví más a tu puesto del rastro a comprarte
Corazones de miga de pan, sombreritos de lata.
Y ya nadie me escribe diciendo:
No consigo olvidarte, ojalá que estuvieras conmigo en el Río de la Plata

Joaquín Sabina

CON LA FRENTE MARCHITA

EL ADVERSARIO

jean-claude                                          ELADVERSARIO

Creo que, con este título, Emmanuel Carrère nos quiere presentar al Otro que todos podamos llevar dentro. En su libro, escrito a la manera de A sangre fría de Truman Capote, el asesino lo es a raíz de su insoportable necesidad de mentir. Algo que en ocasiones todos hacemos, el protagonista lo lleva a unas consecuencias irreversibles y, a la postre, terroríficas. Incapaz de detener la farsa que era toda su existencia, decide matar a su familia antes que acometer su propio suicidio, porque, según él, sus seres más queridos no podrían soportar conocer la verdad de su inmenso fraude.
Mirando las fotos de las personas reales que retrata el libro, uno piensa por qué es fascinante el asesino y no, por ejemplo, alguna de sus víctimas. Estas, en este o en algún otro suceso similar, en seguida desaparecen de nuestra memoria, si es que siquiera llegamos a conocer algo de las mismas porque apenas se habla de ellas.
En cambio, el criminal acapara toda la información. Es el caso de Jean-Claude Roman. Su anodino rostro nos presenta la normalidad absoluta. Quizá por eso la atracción es mayor, por el miedo a saber que podría tratarse de alguien cualquiera. Tras su crueldad, será tratado de psicótico, como tantos casos que conocemos por los medios de comunicación, algunos muy recientes: desde el niño que mata en su escuela a quien estrella un avión, siempre buscaremos explicar sus actos como patologías anormales y enfermizas. Pero siempre a posteriori, ya que antes eran personas perfectamente normales, en el sentido más exacto del término.
Lo cierto es que el adversario nos puede acechar sin padecer ninguna neurosis. Solo es cuestión de cruzar la fina línea que nos separa de él en alguna ocasión y no desandar el trayecto, sino seguirlo hasta el límite que nos deje la otra realidad: mentir y continuar mintiendo en el caso del falso médico del libro de Carrère; planear hasta el mínimo detalle cómo estrellar el avión y hacerlo; realizar un croquis del instituto, una lista con las personas a quien quieres matar, hacerte con las armas necesarias y ejecutar el crimen. Nos asusta la maldad y queremos alguna causa o razón, una explicación médica, social, cultural o de cualquier otro tipo que nos ayude a comprender lo incomprensible.
Pero puede que no exista, que solo haya un sufrimiento atroz al pensar que nuestro adversario también nos puede alcanzar a uno de nosotros. Y que, al igual que el coronel Kurtz en El corazón de las tinieblas, solo podamos aceptarlo resignadamente mientras gritamos “el horror” infinitas veces hasta que la locura, esta vez sí, sea quien nos venza.
O reconocer, simplemente, que el Mal tiene rostro y a veces se refleja en el espejo.

EL ADVERSARIO

ALGUIEN

alberti

Alguien barre
y canta
y barre
(zuecos en la madrugada).
Alguien
dispara las puertas.
¡Qué miedo,
madre!
(¡Ay, los que en andas del viento,
en un velero a estas horas
vayan arando los mares!)
Alguien barre
y canta
y barre.
Algún caballo, alejándose,
imprime su pie en el eco
de la calle.
¡Qué miedo,
madre!
¡Si alguien llamara a la puerta!
¡Si se apareciera padre
con su túnica talar
chorreando!…
¡Qué horror,
madre!
Alguien barre
y canta
y barre.

Rafael Alberti

ALGUIEN