LEER A LOS CLÁSICOS

celestina                                     quijote

Los libros que llamamos clásicos son los que pueden releerse sabiendo que cada vez que lo hagamos descubriremos algo nuevo y valioso en ellos. Al menos eso me sucede a mí y por eso aplico esa definición, tan personal como tantas otras que puedan usarse para este tipo de obras: imperecederas, válidas para cualquier época o cultura, incluso para cada persona y momento, modelos a imitar, obras maestras en suma. Eso es un clásico.

Mi labor docente me obliga a releer algunos clásicos de nuestra literatura. Y tengo que agradecer esto a mi trabajo, pues me supone descubrir placeres ocultos que antes había pasado por alto, o recordar otros olvidados de mis anteriores lecturas. Así me pasa este curso con dos de nuestras obras fundamentales: La Celestina y El Quijote.

Gracias a la edición de Soledad Puértolas, La Celestina se convierte en un libro fácil y agradable de leer. Cada diálogo puede resultar tan ameno y actual como cualquier conversación de nuestros días, pero con sentencias abrumadoras de toda índole: sobre las mujeres, misóginas la mayoría; sobre la envidia, la avaricia y la picaresca, cualidades tan españolas ellas; sobre el amor ideal y carnal; sobre la vejez; sobre la muerte y la fortuna, inexorables y caprichosas. Las diferentes clases sociales se mezclan entre sí y, al igual que en nuestros días, buscan el provecho propio, pues el individualismo sobrepasa cualquier utopía de bondad, ausente en toda la obra, donde nadie parece justo.

A pesar de su aparente vitalidad, La Celestina resulta triste y cruel, y deja un poso de hondo pesimismo tras su lectura. Cervantes dijo de ella que hubiese sido un libro divino si ocultara más lo humano. Sin duda tiene razón, aunque algo parecido puede afirmase de su propia y enorme creación.

Releer El Quijote es toda una aventura. Desanima al principio tantas páginas a las que dedicarles el tiempo que a todo se nos escapa deprisa, máxime si conocemos la historia. Pero enseguida nos desengañamos de varias cosas, y la primera es, precisamente, que nunca hemos leído el libro tan bien como creíamos. Es sorprendente ver cada escena como si la tuviésemos delante nuestra, pues la exactitud de lenguaje nos permite esa maravilla. Sonreímos con las locuras del héroe y su escudero, mientras meditamos sobre su empeño por un mundo ideal en su justicia. Y sobrecoge imaginar a Cervantes, solo con su pluma, sus pliegos de papel y sus fantasmas, escribiendo con la certeza de conocer la palabras necesarias y precisas para inventar tan extraordinaria historia. Porque es tras varios regresos al Quijote cuando podemos admirar mucho mejor la grandeza de su vocabulario, su variedad léxica, su sintaxis y gramáticas perfectas.

Su clasicismo.

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