DESGRACIA

coetzee                 desgracia

Este es el segundo libro que leo de J.M. Coetze, tras Verano, esa autobiografía imaginaria -o no- contada por cinco mujeres tras su propia muerte. No voy a descubrir yo la calidad del escritor sudafricano, Premio Nobel en 2003, ni analizar en profundidad su obra: bastante mejor lo hacen los numerosos críticos que la estudian. Yo solo contaré algo sobre la historia que relata este anterior trabajo suyo.

El título se refiere a un hecho fundamental que le sucede a la hija del protagonista, si es que ella no es también protagonista a su vez de la novela: una salvaje violación en lo más profundo de Sudáfrica poco tiempo después de la prohibición del apartheid. Aunque jamás se mencionan ni la raza ni la condición en que viven los asaltantes, los datos referidos se intuyen por el contexto del relato.

A su vez, el personaje central por el que vamos siguiendo la historia, siempre en presente, el profesor universitario David Lurie, acaba de truncar su carrera por una relación turbia con una de sus alumnas. Y lo hace de forma irreversible por su falta de arrepentimiento, su negación de la culpa ante una comunidad atónita que no entiende que el deseo no deba ser reprimido.

Entonces, marcha a la granja de su única hija donde continuará su particular descenso a los infiernos. Allí, y en capítulos posteriores de su vida, entendemos que la “desgracia” también se refiere a ese castigo que Dios, en quien no cree, le está provocando por su comportamiento: es al menos lo que dice al padre de Melanie, la alumna que conquistó, y con cuya familia cena inesperadamente una noche tras regresar de la casa de su hija, donde la tragedia se había consumado.

Otras relaciones tensan aún más el libro, como al que tiene con Petrus, símbolo del África original que quiere recuperar sus posesiones de cualquier manera, incluida la violencia; Bev Shaw, improvisada veterinaria y amante ocasional, con la que colabora eliminando a los animales que nadie quiere; su segunda exmujer y sus excompañeros, para quienes es una persona anormal, a la que no quieren comprender y sí evitar; y sobre todo su hija Lucy, auténtica antagonista de sus ideas sobre la justicia y la dignidad y que solo quiere vivir en paz en aquel lugar apartado y duro, pero elegido tenazmente por ella.

El tono de la novela es de una contenida violencia, un deseo irrealizable de venganza y de ira, y una falta de sensibilidad que le hace malograr una ópera imposible que quería escribir sobre los amores entre Teresa y Lord Byron, todos ellos sentimientos que anidan en David, y que sucumben ante la única verdad que le mueve: el deseo de gozar con una mujer. Tan simple como la escena con que termina el libro, cuando es incapaz de prolongar siquiera una semana la vida de un perro cojo al que sacrifican, y que era quizá con quien había compartido los momentos más entrañables en la última etapa de su decadente existencia.

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