SUEÑO

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Desgarrada la nube; el arco iris
brillando ya en el cielo,
y en un fanal de lluvia
y sol el campo envuelto.

Desperté. ¿Quién enturbia
los mágicos cristales de mi sueño?
Mi corazón latía
atónito y disperso.

…¡El limonar florido,
el cipresal del huerto,
el prado verde, el sol, el agua, el iris!
¡el agua en tus cabellos!…

Y todo en la memoria se perdía
como una pompa de jabón al viento.

Antonio Machado

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SUEÑO

INTEMPERIE

intemperie                 jesuscarrasco

La lectura de este libro puede producir sentimientos contradictorios. La violencia que emana cada una de sus páginas se difumina en sus descripciones minuciosas, donde el menor objeto recibe su nombre exacto. Jesús Carrasco, su autor, demuestra un conocimiento preciso del lenguaje, así como un uso de técnicas narrativas diversas con las que hace notar su maestría.

Pero queda un sentimiento de dolor al concluir el relato que imposibilita empatizar con él. Apenas sobrevive el protagonista con algunos de los animales que le han acompañado en su peregrinar por aquellas áridas tierra. Antes, hemos asistido a su huida desesperada en un paisaje lunar, determinante en la creación del ambiente de crueldad que el libro insinúa durante todo su desarrollo.

La historia que cuenta es mínima: un niño escapa de un sufrimiento inconfesable. Deambula en un llano seco y conoce a un cabrero, que le ayuda. Pero los perseguidores son implacables, y dan con él. La caza termina tras un final heroico. Poco después, la lluvia liberadora aparece al fin.

También los personajes con esquemáticos: ningún nombre, solo un niño, un viejo, unos padres en la distancia, un alguacil y sus ayudantes en la búsqueda.

Y apenas hay diálogos. Cuando estos surgen, son muy breves, con frases secas y cortantes, duras en las preguntas y en las respuestas.

En cambio, la morosidad en las descripciones parece querer emular la asfixia que el calor provoca en quienes habitan aquellos secarrales. También la miseria, contada al mínimo detalle, nos hace sentir suciedad, hambre y sed a la par que a sus protagonistas. E igual ocurre con el dolor, producto de los golpes que el destino va trazando con cada uno de los sucesos que acontecen, siempre desesperados. Sentimos todo ello igual que lo sufren los que habitan este relato, hombres y animales con idéntica ansiedad por vivir a pesar de las terribles dificultades a las que se enfrentan.

Se trata de una novela de supervivencia en un mundo hostil. Hay escenas que recuerdan a Los olvidados, la obra maestra de Luis Buñuel; otras, al cineasta del western violento por excelencia, Sam Peckinpah, y su Grupo Salvaje, vengativo y solidario; también La caza, de Carlos Saura, se siente en el sol abrasador de sus páginas.

Conscientemente, he establecido una analogía del texto con el cine antes que con la obra de otros novelistas. Ello es porque su narrador ha conseguido hacerme ver perfectamente todo lo que cuenta como si estuviese delante de una película. Y cuando esta ha terminado salgo de la sala de proyecciones con un regusto amargo, sin duda el mismo que sentía el joven al beber la leche de cabra recogida en una lata que tenía como la más preciada de sus pertenencias.

INTEMPERIE

PARA QUE YO ME LLAME ÁNGEL GONZÁLEZ

Imagen

Para que yo me llame Ángel González,
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo el mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan sólo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento…

Ángel González

PARA QUE YO ME LLAME ÁNGEL GONZÁLEZ

EL DOBLE

dostoievski                               el-doble

Goliadkin (I y II) son los protagonistas de esta novela. O mejor dicho, un protagonista -al que el narrador suele llamar “nuestro héroe”- y su “mellizo”, su doble Goliadkin II. En efecto, mientras que del primero conocemos todos sus actos, sus conversaciones y sus pensamientos, que parecen muchas veces inconexos y confusos, al segundo lo vemos casi de manera furtiva, como si se nos escurriera sin que sepamos muy bien por qué, y ello a pesar de ser una figura omnipresente durante toda la obra.

Conforme vamos leyendo esta, asistimos al proceso de degradación irreversible del personaje central, un burócrata arribista menospreciado al comienzo durante una comida dada por su jefe en honor de una de sus hijas. Entonces, de repente aparece el otro Goliadkin, sin que el primero logre entender el enorme parecido que tiene con él, y de ahí que se esfuerce en pensar que se trata de un mellizo suyo que accidentalmente existe. También quiere trabar amistad, y cree que lo consigue tras una noche en su domicilio en que parecen confraternizar.

En estos instantes asistimos a los primeros y prácticamente únicos diálogos entre ambos. Después, todo se va precipitando y ni nuestro héroe ni nosotros mismos comprendemos del todo la razón. Pues cuando creíamos que el relato podía continuar un desarrollo lógico para un hecho insólito -algo esperado sin duda por quienes leímos antes a Kafka- los actos de Goliadkin II que vemos a través de los ojos Goliadkin I nos parecen tan increíbles como a este. Así, aparece ocupando su puesto, siendo solícito y querido por sus superiores, en las fiestas donde a él lo rechazan, o sencillamente haciendo cabriolas y otras bufonadas sin que a nadie parezca importarle. Aún más, es como si ningún otro personaje salvo Goliadkin reparase siquiera en la presencia de su doble. Este, por otro lado, se lanza en su frenética búsqueda sin que jamás consiga retenerlo.

El ritmo vertiginoso de la narración nos conduce a un final tan imprevisto como todo el relato. Concluimos que hemos asistido a la degradación psicológica de un hombre cualquiera en la sociedad zarista rusa, donde solo los trabajadores más humildes son retratados sin animosidad. Mientras, la burocracia y quienes viven de ella aparecen como un gigante inútil y cruel.

Al leer este libro de Dostoievski, uno de los primeros que escribió, comprobamos una vez más su maestría en en su creación de personajes. Nosotros mismos hemos llegado a creernos todo lo que pasaba por la mente de su protagonista, y al terminar su lectura aún dudamos si ha sido real o producto de su mente.

Antes hemos hablado de Kafka. No nos extraña que La metamorfosis y este relato fueran las primeras lecturas que García Márquez siempre cita como las que influenciaron en su decisión de convertirse en escritor: comprendió en seguida, gracias a ellas, todo los mundos que podían conseguirse con una novela. Lo real y lo increíble son ciertos o no según cómo se cuenten.

EL DOBLE

SOBRE GARCÍA MÁRQUEZ

MACONDO                    GARCIA

Las personas viven lo que recuerdan, aunque pueden también inventarse sus recuerdos. Así que pueden inventarse sus vidas.

¿Cómo inventa uno recuerdos? Las conversaciones sirven para este propósito: basta con tomar prestadas las palabras y las experiencias ajenas para recrearlas uno mismo, hasta asumirlas como propias. También utilizamos los sueños: son tantas las noches y tan numerosos las fantasías que tenemos a lo largo de nuestras vidas que es natural que incorporemos algunos a nuestras conciencias, sobre todo si si alguno se repite con cierta insistencia. Además, hay expresiones que unen ambos territorios, “esto parece un sueño”, “tan real como si lo estuviese viviendo”, o “esta pesadilla no puede ser real” cuando nos atormenta un dolor inhumano.

Yo invento recuerdos con los libros que leo. Así que me invento mi vida con ellos y sus circunstancias.

Cien años de soledad fue uno de los primeros libros que compré y leí. Empezaba a querer formar mi primera biblioteca, en tiempos en que costaba muchísimo esfuerzo ahorrar para un libro. En aquella estantería, cuyas escuadras y tablas yo mismo encargué e instalé en la habitación de mi casa, estaban ya algunos ejemplares de Herman Hess –Shidarta, Demian, Bajo las ruedas, El lobo estepario-, de Kafka –La metamorfosis, El Castillo– y algunos de Lorca y otros autores que mi memoria no distingue con nitidez.

El libro de García Márquez fue el segundo que leí suyo -antes había leído El coronel no tiene quien le escriba– y ya caí preso para siempre en la droga de la literatura. Recuerdo perfectamente la edición de bolsillo de Bruguera, una portada con un paisaje insustancial de franjas marrones y amarillas y una letra abigarrada, que yo devoraba a cualquier hora, mientras me hacía esquemas con los Aurelianos y José Arcadios Buendía para no perderme. Creo que sentí el mismo dolor que tuvo que notar su autor cuando murió el coronel, y la misma tristeza y el mismo vacío mientras leía “porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra” y terminaba con ello la novela más fascinante que nadie hubiese podido imaginar que existiese. Tal vez nunca haya vuelto a sentir con un libro lo mismo, pero gracias a él sigo leyendo sin descanso, precisamente para intentar encontrar otro que me devolviese el infinito placer que sentí con este.

De ahí la vida.

SOBRE GARCÍA MÁRQUEZ

A CONTRATIEMPO

José Hierro

Este poema tiene un son
que no es el suyo. Imaginad
que estamos bailando un bolero.
Pero la música que suena
yo no la oigo: es otro ritmo,
otro compás, el que yo llevo.
Bailo a destiempo, a contratiempo.
Mi pareja se queja porque
la estoy pisando. ¿Cómo puedo
decirle que escucho una música
que ya sonó o no sonó nunca?
Nos sentamos. No nos mirábamos.
(No nos veríamos).
El son
de este poema no es el suyo:
llevamos músicas distintas.
Por eso el baile es imposible
y debo desistir.

    José Hierro                                                                                 

A CONTRATIEMPO