DESDE HISPANOAMÉRICA

Fue allí donde se escribió la mejor novela en lengua castellana durante el siglo XX. Y de escritores de entonces y de ahora son estos libros, sin duda ni los más famosos ni los mejores, pero ambos significativos para sus respectivos momentos, separados en casi medio siglo.
De Alfredo Bryce Echenique conocía La vida exagerada de Martín Romaña, que recordaba con enorme regocijo y sinceras risas. Así que había que leer su primer y más ambicioso proyecto: Un mundo para Julius. Enmarcado en el “post-boom”, el autor recrea en el libro las dos clases sociales limeñas en que se mueve su pequeño protagonista: el palacio donde nace y vive con su adinerada familia y el de los criados, al que acude durante las ausencias de su madre, centro neurálgico de ambos. Las anécdotas cotidianas, algunas terribles y otras divertidísimas, conforman la trama, a la que asistimos mediante un continuo travelín narrativo que nos lleva de un personaje a otro mientras los acompañamos hasta el final de la escena que les toca representar.
Estos seres están perfectamente individualizados, tanto por su lenguaje como por su modo de actuar. La evolución que apreciamos en ellos es la intensificación del rasgo de su carácter que más los representa: el vacío adinerado de su padrastro Juan Lucas, la abulia depresiva de la bella Susan, la madre, o la lujuria de su hermano Boby se contraponen al descaro del chófer Carlos, la fuerza de la criada a la que llaman la Decidida o la timidez de la joven niñera Vilma, amor platónico de Julius que abre y cierra el libro, cuando el mundo infantil parece desvanecerse para siempre con su nueva y trágica aparición final. El final es abierto, pues no sabemos el rumbo que va a tomar la vida de los personajes del libro, sobre todo del niño que ya no va a serlo más.
Este tipo de final, así como otras técnicas narrativas empleadas -distintos puntos de vista, historias simultáneas o superpuestas, lenguajes diferentes según el narrador- aparecen también en la novela del Premio Herralde de 2016 No voy a pedirle a nadie que me crea, del mexicano Juan Pablo Villalobos. Aquí nos trasladamos a una historia a caballo entre México y Barcelona, donde sus protagonistas -pues son varios, incluido aparentemente el propio autor- se ven inmersos en una confusa situación entre política, criminal y metaliteraria, que la novela no resuelve, sino que es el propio lector el que debe interpretar, quizá con demasiada libertad y limitados datos. Es un libro de una lectura ágil, sencilla y amena, con golpes de humor ocasionales y escrito con la habilidad suficiente para provocar la curiosidad de su lectura.
Tal vez se echa de menos un poco de profundidad, ya sea en el mensaje que quiere transmitir -que pudiese ser una crítica a la corrupción generalizada- como en el propio estilo utilizado, pues no deja de ser bastante familiar a pesar de toda la variedad de registros usados.
No obstante, la afición por leer novelas se recupera gracias a esta obra, y hace pensar que sigue siendo en latinoamérica donde se produce y exporta buena parte de las más destacadas novelas en nuestra lengua. Aunque puede que no haya aún ese toque de calidad que dio una generación irrepetible de escritores sudamericanos en la segunda mitad del siglo XX. O que son tantos los que actualmente escriben y publican que falte la perspectiva del tiempo para discernir.

DESDE HISPANOAMÉRICA

LA LUZ HIERVE

gamoneda

La luz hierve debajo de mis párpados.

De un ruiseñor absorto en la ceniza, de sus negras entrañas musicales, surge una tempestad. Desciende el llanto a las antiguas celdas, advierto látigos vivientes

y la mirada inmóvil de las bestias, su aguja fría en mi corazón.

Todo es presagio. La luz es médula de sombra: van a morir los insectos en las bujías del amanecer. Así
arden en mí los significados.

Antonio Gamoneda

LA LUZ HIERVE

LA ESPAÑA VACÍA

Para los que nacimos en un pueblo a mediados de los años 60, el mito de reencontrarnos con él, tal y como fue, persiste en nuestra nostalgia de forma indeleble. Por ello, sumergirse en este ensayo literario que es La España vacía, del novelista y periodista madrileño Sergio del Molino, supone un ejercicio vuelta a un pasado que imaginamos parecido al nuestro, o al de nuestros padres y abuelos que, como los del escritor, vivieron en lugares hoy desaparecidos o a punto de perderse para siempre.
Con capítulos muy diferentes entre sí, el escritor rodea el desierto que es el centro de la Península para trazar el mapa de su despoblamiento, el cual la convierte en un caso único en Europa. Son páginas que tratan este tema principal con apuntes que van de la historia al cine, la literatura a la música, la política a la economía, y todo ello bajo un tamiz muy personal, que denota un amplio bagaje cultural y vital de quien lo cuenta. Por ellas pasan multitud de personajes y anécdotas: Las Hurdes y Buñuel, Fago y Puerto Hurraco, David Lynch o Tierno Galván, Obús y la Movida, Machado y los tangos argentinos, son algunas de las interminables referencias de las que se sirve para su libro.
Con ello crea una miscelánea que hace su lectura amena e inteligente, pues sin duda busca la complicidad de ciertos lectores a los que se dirige con más ahínco: aquellos a quienes llama los viejojóvenes, entre los que él mismo se incluye. Son aquellos que reivindican una vuelta a lo puro, que no es otra cosa que la tradición de los pueblos perdidos, la esencia de una España que ya no existe o, como el propio subtítulo del libro señala, nunca existió.
Sin embargo, esto no le impide en caer en contradicciones que no le importa reconocer. Él vive en la ciudad, y se alegra de ello. Incluso agradece a la crisis de 2007 que le impidiera vender el piso para adquirir una vivienda unifamiliar en el extrarradio, común por entonces para tantos desengañados del ruido y el estrés urbano.
Por eso no aporta soluciones para ese inmenso silencio que forman las dos mesetas y las zonas limítrofes de Aragón, Extremadura y el norte de Andalucía, alejadas de los núcleos de sus capitales. Cualquier intento de recuperación no ha dejado de ser pintoresco y puntual, pues hasta los últimos inmigrantes que han llegado no terminan de arraigar allí. El Gran Trauma, que es como él llama a los fuertes éxodos rurales de los años 50 y 60, parece ser, a todos sus efectos, irreversible.
La esperanza la deja para el final. En una breve “Coda” de pocas páginas, parece invitarnos a aceptar nuestra singularidad, disfrutando con dignidad de una taza de café ruidoso en nuestro pequeño piso de ciudad, mientras escuchamos también ese silencio que nos alcanza del yermo lejano. Si valoramos esta particularidad podremos hablar de nuestro país como nación vertebrada, sin complejos tanto con respecto al resto de Europa como hacia nosotros mismos, ahora que otras naciones periféricas se reivindican en sus propias y pequeñas historias y quieren abandonar el vacío inerte que aún las sujeta.

LA ESPAÑA VACÍA

AQUELLO EN LO QUE FIJAS CUANDO SALIMOS POR LAS NOCHES

medel

Mi madre me enseñó que la mejor forma de pasar por la
vida era renunciando a la propiedad particular.
Ella me convenció de que podría transformar los balbuceos
en música de cámara, con mis zapatos.
Tus zapatos son mágicos, me dijo. Pierde uno y ganarás un marido.
Vende dos y ante ti se revolverán las semillas de tu reino.

Y yo susurraba: mi reino eterno. Junto a él.
Decidí que los compraría de colores para camuflar mi identidad,
sobrios si aspiro a desvelar mis secretos.
No tacones ni zapatos planos ni aerodinamismo; le quiero
suciamente. He descubierto que pasos-pequeños
conducen a una-mujer-seria-con-dos-rayas-absortas.

Descalza, de puntillas, vuelvo a tener diez años y a morirme
por dentro de tanta soledad.

Elena Medel

AQUELLO EN LO QUE FIJAS CUANDO SALIMOS POR LAS NOCHES

MISCELÁNEA

Gracias, Musas, por estar conmigo en los momentos donde dejo en el infinito y en la nada estos maravillosos pensamientos con que vivo.


Reikiavik y El cartógrafo son dos obras de teatro a las que he tenido la suerte de asistir en diciembre y en enero, respectivamente. Con lo que he terminado un año y empezado el siguiente de la mano de Juan Mayorga, autor al que no conocía hasta ahora. Esto no es de extrañar, pues no suelo estar al tanto de las novedades en este u otro género literario desde, digamos, finales de los 90 o comienzos del 2000, es decir, hasta donde llegan los manuales de literatura en los planes de estudios, lo cual, por este y otros olvidos, es una verdadera injusticia. Así, uno explica, por ejemplo, que el teatro suele estar dividido en tres actos cuando, en la actualidad, es difícil ver una obra que baje y suba el telón tres veces; o que la poesía de la experiencia es lo más vanguardista de nuestras letras, pese a que ya tiene subgrupos tanto afines como detractores. Aunque también es cierto que no todo lo nuevo es mejor por el hecho de serlo, algo válido para este como para cualquier otro asunto. En el tema literario lo he comprobado al leer algunas novelas más recientes a las que sí me he animado a seguir hasta nuestros días. De ahí mi preferencia por volver a lo ya conocido, aunque sea mediante la relectura, que es cuando se descubre muchas veces un libro de verdad.
Ambas son obras inteligentes, hechas para reflexionar y entretener, sobre temas variados y perfectamente entrelazados con la actualidad, pese a la aparente lejanía física o temporal de sus ejes dramáticos: la famosa partida de ajedrez entre Boris Spassky y Bobby Fischer en el caso de Reikiavik, y la historia del gueto judío en Varsovia durante la Segunda Guerra Mundial en El cartógrafo. Si a ello unimos unas interpretaciones y puesta en escena magníficas, el espectáculo es del todo recomendable.


En poesía, tuve la suerte de escuchar el título del último ganador del premio que concede anualmente El ojo crítico, programa cultural de reconocido prestigio de Radio Nacional: era Los allanadores, y su autor se llama Carlos Pardo. Me pareció muy sugerente, extraño, me gustó y me hizo pensar, y quise conocer de qué iría el poemario. Solo diré que lo voy leyendo despacio, como hace tiempo que no lo hacía con la poesía. Tiene ritmo, sorpresas, audacias, vulgaridades y logros exquisitos. Y por supuesto, ese misterio de los buenos poemas que nos los hacen cercanos y a la vez inasibles. Es una voz que, con firmeza, muestra su propia personalidad.


Por las noches voy avanzando junto a los jinetes protagonistas de Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy, el autor de La Carretera o No es país para viejos y que, por culpa de Bob Dylan, ya no logrará el Premio Nobel que algunos grandes narradores americanos de la segunda mitad del siglo XX merecen sin duda. Con su estilo de diálogos secos y naturales, paisajes interminables de Texas y México y el misterio de algo trágico que uno sabe que va a ocurrir pero que aún no es el momento de que suceda, consigue un letargo acogedor para este duro invierno, y que las últimos momentos antes de dormir sean, sin duda, los mejores de cada jornada. Es lo que tiene el que se pueda disfrutar de un buen libro.


Dejo para el final un texto que, si bien no es ese su propósito, o puede que sí lo sea en el fondo, me está haciendo reír. Se llama La conjura de los ignorantes, y lo ha escrito Ricardo Moreno Castillo. Este profesor es conocido por sus críticas feroces a las nueva pedagogía que domina la educación en nuestro país y en algunos otros desde finales del siglo pasado. Se trata de una recopilación de pasajes escritos por pedagogos más o menos ilustres, pero de una influencia nada despreciable en nuestro sistema educativo. Tanto los fragmentos escogidos como los comentarios a los mismos hechos por él hacen reír y reflexionar. Queda a criterio del lector elegir cuál es el que hace reír y cuál pensar, si el del pedagogo o el del crítico.

MISCELÁNEA

POEMA 20

neruda

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: «La noche está estrellada,
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos.»

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Pablo Neruda

POEMA 20

LA HOJA ROJA

la-hoja-roja                  delibes

Leer un nuevo libro de Delibes, aunque lleve casi 60 años escrito, como La hoja roja, supone un acto de rebeldía que se agradece conforme nos vamos haciendo viejos. Delibes es un escritor, sobre todo, de lo cotidiano, pero de un mundo que apenas interesa, bien porque ya no existe, bien porque no resulta atractivo hablar de él. Ya sea el pueblo y sus personajes rurales en El camino y Los santos inocentes, o la ciudad y sus miserias urbanas como en Cinco horas con Mario, sus historias nos llevan a un pasado que, como mucho, quisiéramos recordar de una manera nostálgica, pero del cual renegamos enseguida para no reconocernos en él.
No voy a descubrir las cualidades narrativas de Delibes si digo que, además, escribe muy bien. Pero no conviene olvidarlo ahora que, a ciertas épocas y escritores, parece que solo hay que mencionarlos en los manuales de literatura. Ya ocurrió con Galdós, luego pasó con Unamuno, Baroja, y ahora con Cela y Delibes, entre muchos otros. La modernidad se inventa a diario, y hay tantos escritores que vender que apenas queda tiempo para los “antiguos”. Y más cuando se ocupan de temas y circunstancias como los de La hoja roja.
La novela, que es corta, cuenta la vida de un anciano al que le ha salido, según él mismo dice insistentemente, la hoja roja de su vida. Se trata de una metáfora, cuya realidad -hoy desconocida por muchos- es la de los libros de papel de liar cigarrillos, muchos de los cuales solían llevar un hoja roja al final avisando de que quedaban pocos papelillos más. Desde que se jubiló, apenas tiene nada más que hacer que pasear con su amigo Isaías, recordar a su mujer e hijo pequeño fallecidos y aguardar con impaciencia alguna noticia de su hijo mayor, que ha triunfado como notario en la capital. El otro personaje al que sigue el narrador es la Desi, su criada, una muchacha analfabeta que ha venido del pueblo, y cuya ilusión mayor es casarse con el Picaza, un bruto que ha llegado también de su pueblo para hacer allí el servicio militar.
En torno a estos escasos mimbres construye Delibes una historia tierna, con la complicidad y el afecto que estos dos seres inocentes y un tanto desvalidos adquieren mutuamente. Los pocos sobresaltos que se producen conllevan cambios bruscos en la relación entre ellos: la muerte del amigo que le quedaba al viejo Eloy, el viaje y el regreso abochornado de su breve estancia con su hijo y su nuera o el crimen que “la mala veta” del Picaza le hace cometer, consiguen que la convivencia de la criada y el viejo se afiance, lo que permite vislumbrar una grieta de esperanza al final del libro para estos personajes que tan poco importan para casi nadie.
De eso trata leer este libro: de resistir al mundo acelerado y hueco que nos hace confundir lo importante de lo que no lo es. Solo que parece que tenemos que acercarnos a esa hoja roja para descubrirlo. Mientras, tenemos las luces de escaparates, o el brillo de grandes historias insustanciales pero fantásticas, de muchas páginas o muchas horas de cine, que bastan para distraernos de lo que quizá sea lo que verdaderamente importa: el paso del tiempo, las conversaciones amigas, los hijos o los padres lejanos. Porque Delibes escribe sobre esto, de manera lúcida, sencilla y reposada, por eso no está de moda. Por eso conviene leerlo.

LA HOJA ROJA